CAPITULO I:

El silencio de los colosos

Los edificios o lugares que han sido comunes a nuestras vidas desde siempre, a veces pasan desapercibidos en su real significación.

Y, dicen mucho más de lo que creemos, cuando los comenzamos a interrogar y a valorar más allá de la familiaridad cotidiana de su presencia. Esperanza, es un lugar donde la Historia, para los amantes de ella, se nos presenta a la vuelta de cada esquina, en cada rincón de los muchos que aún conserva de su pasado de colonia agrícola santafesina, en cada charla o diálogo coloquial con alguno de sus habitantes. Uno de los rasgos significativos de este pasado fueron los numerosos molinos harineros que se contruyeron en la ciudad de Esperanza en el siglo pasado. De las muchas reflexiones que nos impone su historia, de ese pasado próspero, y con muchas industrias, del que hablan todos los historiadores y viajeros que se ocuparon de ella, y de la observación de uno de los edificios (de un ex - molino harinero), que aún permanece en la ciudad, surgió la idea para este trabajo. Las crónicas hablaban de tantos molinos harineros alrededor de 1890, pero hoy, en 1987, que había pasado con ellos, cuantos quedaban, aunque inactivos, cual era el porqué de su estado actual, y cual era su pasado, su historia.

Así empezamos, por revelar cuantos eran los que aún estaban en pie, o qué era lo que quedaba de ellos.

La Historia nos decía que los principales molinos harineros de Esperanza, habían sido los de Soutomayor Hnos., Pittier Hnos., Droz Hnos., Santiago Denner, Seigle, Bosch, Stoessel y Cía., Claus y Quellet, y otros menores.

En la planta urbana de Esperanza, el mejor conservado, y que hoy, aunque en otra actividad, sigue en uso, es el llamado popularmente por los lugareños "Angelita". Es el que comenzó sus actividades bajo la denominación de Bosch, Stoessel y Cía., en 1891.

De lo que fue el molino Iturraspe, solo queda en pie una parte de sus galpones, y del molino de Denner, una parte del cuerpo del edificio, principal, felizmente asegurado su futuro en cuanto a su conservación, pues ha sido restaurado por la Municipalidad y en su interior funciona un museo. De los demás molinos que estaban situados en la planta urbana ya no hay rastros. Para llegar a esta conclusión consultamos diversos planos, referencias, tradiciones orales que nos permitieron ubicar los antiguos lugares, de emplazamientos.

Al adentrarnos en la problemática de los molinos, nos interesó saber, si además de estos edificios ubicados en la planta urbana, quedaban vestigios o podíamos localizar a los que construyeron a orillas del Salado o el arroyo Cululú, de los cuales nos hablaban algunas crónicas, comentarios y artículos periodísticos.

En esta búsqueda, a orillas del Salado, cerca del ya desafectado puente Mihura, están las ruinas del molino que perteneció a Cristian Claus. (Primero ubicamos las ruinas, luego a raiz de su localización y posterior investigación, fue posible saber quienes sus dueños y otros detalles).

Aunque poco queda de él, nos permitió darnos una idea más cercana de la magnitud de la iniciativa de los molineros.

Las tradiciones orales, escasas y ya confusas, solo sabían decirnos que había un molino ahí, alguna vez, nada más.

Todos los pormenores para saber con certeza, a quién había pertenecido, fue una tarea nueva, como lo apuntáramos, anteriormente, que debimos iniciar con paciencia hasta llegar a su historia y sus autores.

En el arroyo Las Prusianas, muy cerca de su confluencia con el Cululú, también encontramos vestigios del pasado molinero. De cómo se intentaba en ese entonces dominar la fuerza hidráulica. Estas ruinas todavía son un enigma para nosotros, en cuanto a quienes fueron sus realizadores, pero testimonios orales de antiguos pobladores de la región, nos afirman que se trataba de un molino harinero, y seguimos en la tarea de conocer su historia. A veces las fuentes orales no son muy tenidas en cuenta por los historiadores, pero siempre son útiles y generalmente, después de resuelta una hipótesis vemos que algo de la verdad permanece en este tipo de relatos.

Esto es todo lo que queda (al menos para nosotros) de los muchos molinos harineros que tuvo Esperanza. El testimonio fotográfico que acompañamos ayudará al lector, a darse una idea más clara de lo que podemos con nuestro relato, explicarles, y ver el estado actual de los antiguos molinos.

Ante los vestigios arquitectónicos que aún permanecen en la zona, y de su localización, surgieron numerosos interrogantes, que, indefectiblemente nos llevaron a pensar en los causales de su situación actual.

A medida que nos introducíamos en el problema, ibamos descubriendo la real significación que tuvieron como factores de desarrollo de la localidad y la región.

La tarea, fue, por momentos, fascinante, y, a través de la bibliografía, los testimonios edilicios, las fuentes orales, los periódicos de la época, de los comentarios de los viajeros, como también de antiguas fotos y grabados fue posible imaginarnos como debió ser esa época.

Fue como recrear esos días de muchos carros trayendo el cereal, después de la cosecha, y todos los molinos trabajando a pleno, con las columnas de humo de las chimeneas cortando la monotonía de la llanura santafesina, obreros cubiertos por el polvillo del cereal, que todo lo impregna, el ruido de los rodillos apretando y moliendo la continua catarata de semillas…

Otros obreros apilando bolsas o pesando el cereal, esperando que el pito o silbato de las calderas les marque el fin de sus jornadas, o los habitantes de la ciudad poniendo en hora sus relojes con el silbato de los molinos.

Voces, regateando precios, o contando como les había ido en las cosecha, en un castellano mal balbuceado, o en sus idiomas nativos. El tranway recorriendo las calles, llevando su carga blanca a la estación o a un nuevo turno de obreros a sus puestos de trabajo. Fue posible imaginar esos días con los trenes partiendo y llegando de Santa Fe con sus vagones siempre llenos, movidos por la fuerza del quebracho o el algarrobo del norte santafesino, mientras un colono después de haber vendido su carga, se vuelve a su casa de tejas rojas, allá, como a diez "concesiones" al oeste de Esperanza. Mientras su mujer y sus numerosos hijos, lo esperan ansiosos, para ayudar a desatar los caballos, mientras averiguan si su padre se acordó de comprar "El Colono del Oeste" o "La Unión", que leerán ávidos en la siempre escasa luz de los candiles de la casa. En tanto que sus padres acomodan las provisiones que el padre compró en la casa Vionnet Hnos. frente a la plaza Esperanza, con lo ganado de su venta. En los próximos capítulos intentamos recrear la historia de los molinos harineros de Esperanza.