La Argentina y los europeos sin Europa

Por Marcello De Cecco (La Repubblica de Italia) Traducción: Graciela Daneri.

Los italianos, se sabe, fueron un pueblo de emigrantes. En muchos siglos, se desparramaron por los cuatro rincones de la tierra. Sólo en dos países, sin embargo, ellos constituyen la mayoría de la población: en Italia y en la Argentina.

¿Cuántos entre nuestros conciudadanos saben todavía, después de décadas en el curso de las cuales desapareció la emigración y la estrella de Europa quedó única y fija brillando en nuestro horizonte, que en la otra punta del mundo existe un país en el que habitan 25 millones de italianos, sobre una población total de 37 millones?

Supongamos que un fenómeno de este tipo involucrase a Francia. Conociendo todo lo que ésta hizo por Quebec, ¿se imaginan qué movimientos sería capaz de desencadenar el Estado francés para mantener viva la llama gala? Nosotros, en cambio, olvidamos a la Argentina, desde que no nos sirve más como fuente de recursos valiosos y como destino de los excedentes de población, y desde que los argentinos se tornaron muy pobres para visitar, en masa, su país de origen.

Un olvido de décadas
Hace muchos años, visitando la Argentina junto a Franca Falcucci, en aquel momento ministra de Educación, supe con estupor y vergüenza que era el primer ministro de Educación, desde 1860, que visitaba el segundo país italiano del mundo. ¿Por qué tanto olvido?

Ciertamente, la reciente visita del presidente Ciampi ha servido de alguna manera para interrumpir ese olvido; pero dentro de poco será igual que antes. El motivo es uno solo. La Argentina hace cuarenta años que atraviesa una crisis estructural que la vio descender desde los primeros puestos en la clasificación del rédito per cápita hasta niveles que hoy son la mitad exacta de los italianos (si se calcula el índice con el método de la paridad del poder adquisitivo, el más razonable). Mientras, Italia, en las mismas décadas, realizó el camino inverso, subiendo ininterrumpidamente hasta los años '80, y luego entrando ella misma en una crisis estructural todavía no resuelta, pero que no repercutió demasiado brutalmente en los datos del rédito per cápita debido a la reducción del crecimiento demográfico que nuestro país (al contrario de la Argentina) tuvo en los últimos 30 años.

Simplificando heroicamente, se puede decir que la Argentina, desde el punto de vista de los recursos naturales, es lo opuesto a nosotros. Tiene un territorio que representa diez veces el de Italia, del cual un buen tercio está dotado de un óptimo clima templado, y el resto va desde el trópico hasta el desierto y desde al desierto hasta los hielos antárticos.

Con las tres décimas partes del territorio de los EE.UU., los argentinos llegan a mantener en condiciones no brillantes una población que es un séptimo de la norteamericana. A pesar de la difundida industrialización de los años '50 y '60, exportan una fracción muy limitada del propio producido, y son principalmente materias primas y productos con poco valor agregado. Exportan también un poco de productos mecánicos y automóviles al resto del Cono Sur, pero trabajosamente. Su industria es todavía fuertemente autárquica.

Toda una historia


En síntesis, su historia económica siguió la de los precios de las materias primas. Se enriquecieron con la primera conquista de la Pampa, hecha por capitales ingleses y trabajo italiano entre 1880 y 1914. Sufrieron la depresión de los años '30, cuando las exportaciones de productos agrícolas se derrumbaron. Nuevamente lograron prosperidad proveyendo bienes alimentarios al mundo en guerra entre 1939 y 1945. Luego emplearon las reservas acumuladas para industrializarse. Pero el intento, realizado con las banderas de la autarquía y de la sustitución de importaciones, entró en crisis con la reafirmación del modelo liberal a partir de los años '70.

En todas estas fases los italianos tuvieron un rol protagónico. Como combatientes y primeros colonizadores en los tiempos románticos de Garibaldi y de la emigración ligur. Como conquistadores de la pampa a fines del '800 (y fueron piamonteses, vénetos y friulanos los que trabajaron las nuevas tierras, dándoles el nombre de Pampa Gringa, que en argentino quiere decir "italiana del Norte"). Como empresarios y obreros en toda la experiencia de la industrialización, y aquí también las regiones meridionales de Italia fueron involucradas como proveedoras de hombres, de modo que los nuevos inmigrantes fueron llamados "tanos", despreciativo de "napolitanos".

Tan parecida es la Argentina a Italia que los gringos de la primera inmigración, venidos del Piamonte y del Véneto-Friuli, creen ser casi los padres fundadores de la Argentina y miran a los tanos como si se tratase de gente totalmente inferior. ¿Y dónde más, si no en la Argentina, puede un pueblucho perdido en la Pampa tener el nombre de Alta Italia?

En la Junta Militar del Gral. Videla -que se hizo del poder en 1976, manchándose con crímenes no superados después del nazifascisno- militaron fraternalmente un calabrés, el general Galtieri, y un ligur, el almirante Massera.

Para interrumpir las consideraciones negativas, entre los protagonistas de la última historia industrial argentina encontramos a la familia Macri, calabresa, productora de automóviles, y la familia Rocca, inserta en los Einaudi, propietaria del complejo multinacional Techint, que ahora produce cables también en Italia y que procede de las regiones del Norte. Así como desde Capracotta, una aldea de las montañas de Molise, emigró a la Argentina Torquato Di Tella, fundador de numerosas empresas, productor de automóviles, cuyo hijo fue ministro de Relaciones Exteriores.

Una Italia desanclada de Europa


"De te fabula narratur" se podría entonces decir a Italia cuando se habla de la Argentina. Miles de cosas nos hermanan con aquel país lejano y físicamente distinto del nuestro. La falta de sentido del Estado; el desinterés por el compromiso político; la marcada renuencia al pago de impuestos de cualquier tipo; la vocación de tener bien escondidos en algún paraíso fiscal los propios "sudados" ahorros; la prevalencia del cuentapropismo, el trabajo autónomo -a menudo hecho de poco o nada-; la inmensa masa de la pequeña burguesía urbana, que hace de Buenos Aires la única ciudad en la cual un italiano no se siente en el extranjero. La vergüenza de los propios orígenes étnicos, que tanto nos diferencia de franceses y españoles, y que puede conducir a paradojas como la de un ministro de Relaciones Exteriores de nombre ultraitaliano como Dante Caputo, que había estudiado en París y hablaba sólo francés. O de las miles de "escuelas italianas" en las cuales no se enseña para nada la lengua de Dante, a tal punto que, dando una vez lección en la fundación Di Tella, a quien escribe, después de un comienzo patriótico en italiano, los presentes le pidieron que continuara en inglés, porque la lengua de los antecesores ninguno la hablaba.

Cómo asombrarse, entonces, de que los 25 millones de nuestros coterráneos, en gran parte septentrionales, hayan llegado en el curso de 50 años a transformar un país que era el más rico de la América latina y el único sin un problema indígena, en una economía endeble, con un crónico problema de baja inversión, con gigantescas fugas de capitales (las rutas hacia y desde Miami son las más rentables entre las que operan las compañías aéreas en la Argentina), altos déficit fiscales y una moneda que oscila entre la inflación galopante y la deflación de una década.

Experimento social


La Argentina es un experimento social interesante: una Italia desanclada de Europa, en la cual todas las características virtuosas de los italianos no llegan a prevalecer, carentes como están de los estímulos del mercado y de la civilización europea, mientras sí prevalecen nuestros también marcados vicios, no reprimidos por la influencia europea.

El sistema monetario argentino ha tenido los honores de las crónicas italianas y mundiales en la última década, por el enésimo experimento conducido por un hijo de inmigrantes piamonteses, Domingo Cavallo. Pobre pero brillante, estudió en Harvard con Modigliani; trabajó con la Junta Militar; asumió la responsabilidad de honrar las deudas privadas argentinas con los bancos extranjeros. Autor, en 1989, de un volumen pleno de consideraciones entre keynesianas y corporativas, se acercó a Menem y de éste recibió el encargo, en 1991, de parar la ruinosa inflación heredada del gobierno del presidente radical Alfonsín.

Ministro de Economía, aprovechó la ocasión de hacer historia, exhumando un tipo de régimen monetario que adapta el Gold Standard a un mundo en el cual el dólar es el valor de reserva.

Introducida con una ley del Estado, la plena convertibilidad del peso con el dólar, a la par, se rige sobre la obligación de crear moneda sólo si entran en las arcas del Banco Central los dólares, y en relación de uno a uno. Éste es un régimen monetario de pequeño país colonial, abiertísimo al comercio internacional y en el cual las utilidades de las exportaciones netas pueden bastar para asegurar una circulación monetaria adecuada y no inflacionaria.

Pero la Argentina era y es todavía lo contrario; país soberano, de grandes dimensiones, poco abierto al comercio internacional, poco flexible socialmente. Para no hacer morir de inanición a la economía, Cavallo tuvo que enfrentar la falta de exportaciones netas suficientes con los flujos de capital que consiguió manteniendo altas las tasas de interés -a pesar del control de la inflación- y con la venta generalizada y acelerada de todo el patrimonio estatal argentino.

El experimento hace tiempo que habría terminado mal si no hubiesen intervenido algunos fenómenos inesperados. Ante todo, el largo tiempo de bajas tasas de interés en los EE. UU., que permitió a los bancos argentinos tomar dólares en préstamo para, a su vez, volverlos a prestar a toda la burguesía, que financió con ellos las propias adquisiciones en cuotas de todo tipo de pequeños y grandes bienes de consumo durables, desde planchas a automóviles. En cuanto a capacidad de ahorro respecto de la renta, los argentinos no son como los italianos.


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